jueves, 08 de abril de 2010

Todos los miércoles acostumbro a recibir la visita de Andrés  y Jorge, comerciales de Alfaguara y Anagrama respectivamente. Suelen llegar sobre la misma hora y son bastante amigos el uno del otro, entre otras cosas porque consiguieron sus puestos actuales casi a la par después de trabajar algunos años en proveedores mucho más pequeños. Ambos me caen bastante bien, todo lo bien que te puede caer un comercial sin que te despierte un sentimiento (de amistad, camaradería, confianza, etc.): nunca deben sentirse sentimientos por un proveedor.

Hoy Andrés no ha venido. Tenía interés en verle para comentarle lo de los libros de saldo de Alfaguara en el Carrefour (ver la entrada anterior) pero me he quedado con las ganas. Con las ganas de decírselo, me refiero, porque de soltarlo me he preocupado de soltárselo a Jorge (ya sabéis lo que nos gusta llorar a los libreros).

Cuando ya se iba le he dicho:

-Jorge. Que mazazo me ha supuesto entrar en el Carrefour y encontrarme de cara libros de Alfaguara saldados.

-Alfaguara saldando. Qué bajo han caído -me ha dicho él, en tono jocoso y frotándose las manos, imagino que pensando en las puyas que le va a dedicar a su compañero de profesión cuando coincidan o almuercen juntos.

El caso es que algo en mi interior ha saltado cuando me ha dicho eso, una voz que me decía haber vivido una situación similar con Jorge y, unos quince o veinte minutos después de haberse marchado el comercial, he recordado qué era (hasta el día de hoy he tenido buena memoria, por suerte, algo muy necesario en nuestra profesión): he recordado ese día de principios del año pasado en el que le pregunté por el coleccionable para quiosco de Anagrama, esa manera tan particular que tuvo Herralde de celebrar el 40 aniversario de su editorial. No es lo mismo que lo de Alfaguara pero, de alguna forma, a mí me desmotivó igual.

Jorge estaba recién llegado de una de esas convenciones donde reúnen a todos los comerciales de la casa, les aseguran que lo suyo es lo mejor y les dicen los objetivos que tienen que alcanzar para que sus jefes estén contentos y no los despidan (algún día hablaré del tema de los objetivos comerciales, lo prometo; tengo una buena historia que contar al respecto). Ya habían salido los primeros ejemplares del coleccionable, si no me equivoco, y le pregunté al respecto:

-Jorge. Anagrama en los quioscos... No me parece mal pero después de cuarenta años, ¿no te parece que Herralde se ha cargado la imagen de marca? ¿Tan mal le van las cosas que ha recurrido a esto?

-Calla, calla -me respondió,- que en la convención nos tenían dicho que ni mentáramos el tema a Herralde. No quería saber nada al respecto.

¿Acaso el coleccionable no había tenido la acogida esperada? ¿Puede ser que Herralde hubiese tomado la decisión a disgusto forzado por la necesidad económica? ¿Estaba arrepentido de la decisión? Nunca lo sabremos, porque siendo Herralde el Dios de Enlaces Editoriales prevaleció la ley del silencio.

Aunque los números son los que en el mundo actual mandan y puedan demostrar lo acertado de la decisión, pienso que la razón de Anagrama para sacar el coleccionable de quiosco fue para vender más (forzados por la necesidad o simplemente por querer ganar más) vulgarizando una imagen de marca prestigiosa que siempre ha encontrado su lugar y apoyo en las librerías. Digan lo que me digan, no me van a convencer de otra cosa (nada de acercar la colección a precios más asequibles o a otro tipo de público lector). Y, como he dicho anteriormente, no me parece mal, pero luego que no me vengan con que los libreros sólo pensamos en vender.

Porque parece que los editores independientes hacen una labor cultural y no están preocupados de las ventas, mientras que los libreros independientes sólo queremos vender y no nos preocupamos por la labor cultural. Ese es el soniquete establecido, pero no es así, ni lo uno ni lo otro.

Y, en mi opinión, Dios se equivocó.


Publicado por Desconocido @ 10:14  | Distribuidores
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