Jueves, 15 de abril de 2010
También hay ratos muertos, y los aprovecho contemplando cómo algunos vendedores colocan en el escaparate torres de libros de una novela que sale hoy a la venta pese a que una llamativa franja afirma que ya alcanza la quinta edición y los cien mil ejemplares vendidos, u hojeando esa otra que luce una pegatina redonda y roja en la portada que asevera que es el "libro del año" cuando, en realidad, ese premio se lo han otorgado los lectores de una biblioteca de Laponia. No tardarán en explicarme que son tácticas modernas de marketing y que algunas editoriales utilizan esos reclamos para toda obra que lanzan al mercado.
Luego llegan otros libreros deseosos de saludarme y, por qué no decirlo, entretenerme, sabedores por propia experiencia de que los escritores pertenecen a un tipo particular de neuróticos que muy pronto se agobian si creen que ellos o sus libros son injustamente ninguneados. Es por esto que me entero, pues algunos son viejos conocidos y no hay nada más sabroso para ponerse al día que disertar sobre las vidas de los demás, de qué tipo de persona se ha convertido mi antiguo amigo el librero, ahora un jefe tirano y déspota que disfruta oprimiendo a sus subordinados, que almacena media docena de denuncias por acoso laboral, que se ha ido cargando poco a poco a todos aquellos compañeros que comenzaron en la empresa a la vez que él, los camaradas a los que incitaba a la rebelión, a los que les aseguraba que la Revolución y la dignidad eran lo primero, a los que les juró tantas y tantas veces que la lealtad era su enseña y no aceptaría jamás vender a nadie por dinero. A ésos precisamente, a los que le conocían de antaño, a los que le hacían sombra y amenazaban con superarlo en el escalafón, fue a los primeros a los que se quitó de en medio apartándolos sin contemplaciones, no fuera que un día revelasen su oscuro pasado a los mandamases. Así, clavando puñales por la espalda, conspirando, conjurando, utilizando como escalera los espinazos encorvados por el trabajo de los demás para trepar más alto, pudo llegar a ser quien es y no tardó en imponer sus propias leyes para convertirse en uno de los más aclamados representantes de la psicopatía empresarial, alguien tan frío, tan calculador, tan impersonal que el propio jefe de recursos humanos lo proponía como ejemplo de gestión eficiente ante los demás.

Fragmento de Mantis (Mercedes Castro, Alfaguara, Páginas 182-183)

¿Es a esto a lo que aspiramos? ¿A renunciar a nuestros ideales y dejar que nos compren para poder sobrevivir?
Publicado por Bernie_Ohls @ 0:06  | Pasajes de libros
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios